La sospecha

Un hombre perdió su hacha; y sospechó del hijo de su vecino. Espió la manera de caminar del muchacho, exactamente como un ladrón. Observó la expresión del joven, como la de un ladrón. Tuvo en cuenta su forma de hablar, igual a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones lo denunciaban culpable de hurto.

Pero más tarde, encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de un ladrón.

Lie Dsi

Tire tu cariño al rió.

«Mira si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río».



Y tú bien sabes por qué
tiré tu cariño al río:
porque era hebilla de esparto
de un cinturón de cuchillos;
porque era anillo de barro
mal tasao y mal vendío,
y porque era flor sin alma
de un abril en compromiso,
que puso, en zarzas y espinas,
un fingimiento de lirios.

Tiré tu cariño al río,
porque era una planta amarga
dentro de mi huerto lírico.


Tiré tu cariño al agua,
porque era una mancha negra
sobre mi fachada blanca.


Tiré tu cariño al río
porque era mala cizaña
quitando savia a mi trigo;

y tiré todo tu amor,
porque era muerte en mi carne
y era agonía en mi voz.


Tú fuiste flor de verano,
sol de un beso, luz de un día;
yo te cuidaba en mi mano,


y en mi mano te acunaba,
y tu, por pagarme, herías
la mano que te cuidaba.


Pero al hacerlo, olvidabas
(tal vez por ingenuidad),
que te di mis sentimientos
no por tus merecimientos
sino por mi voluntad.


Yo no puse en compraventa
mi corazón encendío;
y has de tener muy en cuenta


que mi cariño no fue
ni comprao ni vendío,
sino que lo regalé.


Porque yo soy desprendío;
por eso te di mi rosa
sin habérmela pedío.


Porque yo soy desprendío
y doy las cosas sin ver
si se las han merecío.


Por eso te di mi vela,
te di el vino de mi jarro,
las llaves de mi cancela
y el látigo de mi carro.


Ya ves si soy desprendío
que ayer, al pasar el puente,
tiré tu cariño al río.

Lo antiguo y lo definitivo Ensayo 15



Hace unas tres semanas (en el momento de escribir esto) asistí a un seminario en un lugar al norte del Estado de Nueva York, un seminario sobre las comunicaciones y la sociedad. Yo no tenía mucho que hacer, pero estuve allí cuatro días, así que tuve la oportunidad de enterarme de las actividades que se estaban desarrollando.
La primera noche asistí a una conferencia excepcionalmente buena dictada por un caballero extraordinariamente inteligente y encantador, que trabaja en el campo de las cintas de vídeo. Con argumentos atractivos, y en mi opinión, irrefutables, afirmó que las cintas de video representaban la tendencia del futuro en el campo de las comunicaciones, o al menos una de las tendencias.
Señaló que los programas comerciales destinados a cubrir los tremendos gastos de las cadenas de televisión y de los terriblemente ávidos anunciantes no tenían más remedio que atraer a audiencias de decenas de millones de espectadores.
Como todos sabemos, los únicos programas que tienen alguna posibilidad de agradar a entre veinticinco y cincuenta millones de personas son los que evitan cuidadosamente la posibilidad de ofender a nadie. Cualquier cosa que pudiera darles un poco de sabor o de variedad ofendería a alguien y se habría perdido la partida.
Así que sólo sobreviven las papillas insípidas, no porque sean especialmente agradables, sino porque tienen buen cuidado de no resultar desagradables para nadie.
(Bueno, a algunas personas, como a usted y a mí, por ejemplo nos desagradan, pero cuando los magnates de la Unidad contabilizan el número de ustedes y yoes , y de gente como nosotros, el resultado final les provoca desdeñosas carcajadas.)
Pero las cintas de video, capaces de complacer a los paladares más peculiares, solo venden contenido, y no tienen por que enmascararlo con un barniz falso y costoso o con la presencia de alguna renombrada estrella del espectáculo. Si se lanza una cinta sobre estrategias de ajedrez con símbolos de las piezas de ajedrez moviéndose sobre un tablero, no es necesario añadir nada más para vender un número x de copias a un número x de fanáticos del ajedrez. Si cada cinta se vende a un precio que cubra los gastos de su edición (más un honrado margen de beneficios) y si el número de ventas está de acuerdo con lo fijado, entonces todo va bien. Es posible que alguna cinta venda menos de lo previsto, pero también es posible que otra venda mucho más de lo que se esperaba.
Para abreviar, el negocio de las cintas de vídeo sería bastante parecido al de las editoriales.
El orador expuso este punto con toda claridad, y lo dijo: «El manuscrito del futuro no será un fajo de papeles torpemente mecanografiados, sino una secuencia de imágenes hábilmente fotografiada», no pude evitar removerme inquieto en mi silla.
Es posible que al moverme llamara la atención sobre mi persona ya que estaba sentado en la primera fila, porque el orador añadió acto seguido: «Y los hombres como Isaac Asimov se quedarán anticuados y serán sustituidos por otros»
Como es natural, di un brinco, y todo el mundo se rió alegremente ante la ocurrencia que yo pudiera quedarme anticuado y fuera reemplazado por otro.
Dos días más tarde el orador que iba a hablar aquella tarde llamó desde Londres para comunicar que le era imposible salir de la ciudad, así que la encantadora dama que dirigía el seminario vino a verme y me pidió dulcemente que lo sustituyera.
Como es natural, dije que no tenía nada preparado, y como es natural ella dijo que todo el mundo sabía que no necesitaba prepararme para dar una conferencia maravillosa, y como es natural, me ablandé ante los cumplidos, y como es natural aquella tarde me levanté y como es natural di una conferencia maravillosa. Todo fue muy natural.
Me resulta imposible contarles qué es lo que dije exactamente, porque, como todas mis charlas, fue improvisada; pero, por lo que recuerdo, en esencia era algo así:
Como hacía dos días que un orador nos había hablado de las cintas de vídeo, presentándonos la fascinante y deslumbrante imagen de un futuro en el que las cintas de video y los satélites dominarían el panorama de las comunicaciones, yo me disponía a servirme de mis conocimientos de ciencia-ficción para explorar un futuro aún más lejano y hablaría de cómo podrían fabricarse cintas de video con métodos mejores y más refinados, haciéndolas aún más sofisticadas.
En primer lugar, el orador nos había mostrado que las cintas tenían que ser decodificadas por un aparato bastante caro y voluminoso, que transmitía las imágenes a una pantalla de televisión y el sonido a un altavoz.
Evidentemente, todo el mundo esperaría que este equipo auxiliar fuera haciéndose más pequeño, más ligero y transportable. En el fondo, lo que se esperaría es que acabara por desaparecer y que se integrara a la misma cinta.
En segundo lugar, para que la información contenida en la cinta se transforme en imágenes y sonido es necesario un gasto de energía que redunda en perjuicio del medio ambiente. (Como cualquier gasto de energía; aunque su uso es inevitable, hay que evitar utilizarla más de lo estrictamente necesario.)
Por consiguiente, es razonable esperar que disminuya la cantidad de energía necesaria para decodificar las cintas.
En último término, esperaríamos que disminuyera tanto como para llegar a desaparecer por completo.
Por tanto, podemos imaginarnos una cinta que fuera completamente transportable y autónoma. Seria necesario emplear energía en su fabricación, pero no en su utilización, y tampoco sería necesario un equipo especial para su uso posterior. No sería necesario enchufarla en la pared ni cambiarle las pilas, y podría ser transportada para ser vista en el lugar en que cada uno encontrara más cómodo: en la cama, en el cuarto de baño, en un árbol o en el ático.
Una cinta de video de estas características produce sonidos, como es natural, y también desprende luz. Evidentemente su usuario debe recibir con claridad las imágenes y el sonido, pero sería un inconveniente que molestara a otras personas que posiblemente no estarían interesadas en su contenido. Idealmente, esta cinta autónoma y transportable sólo tendría que ser vista y oída por el usuario.
Por muy sofisticadas que sean las cintas existentes en la actualidad en el mercado o previstas para un futuro próximo, siempre tienen necesidad de controles. Tiene que haber una palanca o un interruptor para encenderlas y apagarlas, y otros para controlar el color, el volumen, el brillo, el contraste y todas esas cosas. Mi idea es que esos controles pudieran ser manejados, en la medida de lo posible, por la voluntad.
Me imagino una cinta que deje de correr en el momento en que se aparte la mirada. Permanece parada hasta que se le vuelve a prestar atención, momento en el cual vuelve a ponerse en marcha inmediatamente. Me imagino una cinta que corre más deprisa o más despacio, hacia adelante o hacia atrás, a saltos o con repeticiones, dependiendo únicamente de la voluntad del usuario.
Admitirán ustedes que una cinta de estas características constituye un perfecto sueño futurista: autónoma, transportable, sin consumo de energía, absolutamente privada y controlada en gran medida por la voluntad.
Ah, pero soñar no cuesta nada, así que seamos prácticos. ¿Es posible la existencia de una cinta así? Mi respuesta es: si, naturalmente.
La siguiente pregunta es: ¿cuántos años habrá que esperar antes de conseguir una cinta tan increíblemente perfecta?
También tengo respuesta para eso, y una respuesta bastante concreta. La conseguiremos dentro de menos de cinco mil años, porque lo que acabo de describir (como es posible que hayan adivinado), ¡es el libro!
¿Estoy haciendo trampas? ¿Acaso usted opina, amable lector, que el libro no es la cinta más refinada posible, ya que sólo ofrece palabras y no imágenes, que las palabras sin imágenes son un tanto unidimensionales y están divorciadas de la realidad, que es imposible que las palabras por sí solas nos transmitan información relativa a un universo que se manifiesta en imágenes?
Bien, vamos a considerar la cuestión. ¿La imagen es más importante que la palabra?
No cabe duda que si sólo tenemos en cuenta las actividades puramente físicas del hombre, el sentido de la vista es con diferencia la manera más importante que tenemos de reunir información sobre el Universo. Si me dieran a elegir entre correr por un terreno escabroso con los ojos vendados y un sentido del oído muy agudo o con los ojos abiertos y sin poder oír nada, sin ninguna duda preferiría utilizar los ojos. De hecho, si tuviera los ojos cerrados, pondría la máxima atención en cualquier movimiento que realizara.
Pero el hombre inventó la palabra durante las primeras fases de su desarrollo. Aprendió a modular el aliento al espirar, y a utilizar distintas modulaciones del sonido como símbolos establecidos de objetos materiales y de diferentes acciones y, lo que es mucho más importante, de conceptos abstractos.
Por último, aprendió a codificar los sonidos modulados en señales visibles que podían ser traducidas mentalmente a sus sonidos correspondientes.
Un libro, no es necesario que lo diga, es un dispositivo que contiene lo que podríamos llamar un «discurso almacenado».
El lenguaje constituye la diferencia fundamental entre el hombre y los demás animales (excepto quizás el delfín, que posiblemente haya desarrollado un lenguaje, pero no un sistema para almacenarlo).
El lenguaje y la capacidad potencial de almacenarlo no sólo distinguen al hombre del resto de las especies vivas ahora o en el pasado; además es algo que todos los hombres tienen en común. Todos los grupos conocidos de seres humanos, por muy «primitivos» que sean, saben hablar y utilizar un lenguaje. He oído decir que algunos pueblos «primitivos» utilizan lenguajes muy complejos y sofisticados.
Lo que es más, todos los seres humanos con una mentalidad incluso inferior a la normal aprenden a hablar a una edad temprana.
Como el lenguaje es el atributo universal de todo el género humano, ocurre que nos llega más información, en nuestra calidad de animales sociales, a través del lenguaje que a través de las imágenes.
Y no estoy hablando de cantidades ni siquiera similares. El lenguaje y las formas de almacenarlo (la palabra escrita o impresa) constituyen la fuente abrumadoramente mayoritaria de la información que obtenemos, hasta tal punto que sin ella estaríamos indefensos.
Para poner un ejemplo, pensemos en un programa de televisión, normalmente compuesto de imágenes y lenguaje, y vamos a preguntarnos qué ocurre cuando prescindimos de aquéllas o de éste.
Supongamos que oscurecemos la imagen y dejamos puesto el sonido. ¿No seguiremos teniendo una idea bastante aproximada de lo que está ocurriendo? Es posible que en algunos momentos haya mucha acción y poco sonido, dejándonos frustrados ante la pantalla oscura y en silencio, pero si se supiera por anticipado que no se iba a ver la imagen, sería posible añadir algunos comentarios, y nos enteraríamos de todo.
De hecho, la radio está basada únicamente en el sonido; se servia del lenguaje y de «efectos sonoros». Es decir, en algunos momentos el diálogo se servia de artificios para compensar la falta de imágenes: «ahí viene Harry. Oh, no ha visto el plátano. Oh, ha pisado el plátano. Ahí va.» Pero, por lo general, no era difícil enterarse. No creo que ningún oyente de la radio echara realmente de menos la falta de imágenes.
Pero volvamos a la televisión. Quitemos ahora el sonido y dejemos la imagen intacta: perfectamente enfocada y a todo color. ¿Qué es lo que sacamos en limpio? Muy poco. Ni todas las expresiones de emoción de los rostros, ni todos los gestos apasionados, ni todos los trucos de la cámara, dirigiéndose aquí y allá, son capaces de transmitirnos más que una vaga idea de lo que está ocurriendo.
Además de la radio, que utilizaba únicamente el lenguaje y sonidos diversos, estaban las películas mudas, que eran sólo imágenes. Los actores de estas películas, que no disponían del sonido ni del lenguaje, tenían que «emocionar». O los ojos relampagueantes; o las manos que se llevaban a la garganta, que se agitaban en el aire, que se alzaban al cielo; o los dedos que apuntaban confiadamente hacia el cielo, o firmemente hacia el suelo, o airadamente hacia la puerta; o la cámara que se acercaba para enseñarnos la piel de plátano en el suelo, el as en la manga, la mosca en la nariz. Y, con todos los recursos de la inventiva visual en sus manifestaciones más exageradas, ¿qué es lo que ocurría cada quince segundos? La acción se detenía por completo y aparecían unas palabras en la pantalla.
Esto no quiere decir que no sea posible comunicarse, en cierto modo, sirviéndose únicamente de los recursos visuales: utilizando imágenes pictóricas. Un mimo hábil como Marcel Marceau o Charlie Chaplin o Red Skelton es capaz de hacer maravillas; pero la razón que les observemos y aplaudamos es precisamente que sean capaces de comunicar tanto sirviéndose únicamente de imágenes.
De hecho, nos divertimos jugando a las charadas, intentando que otras personas adivinen una frase sencilla que nosotros «representamos». No sería un juego tan popular si no exigiera mucho ingenio, y aun así, los jugadores idean series de señales y estratagemas que (lo sepan o no) se sirven de los mecanismos del lenguaje.
Dividen las palabras en sílabas, indican si una palabra es larga o corta, utilizan sinónimos y sonidos similares. Al hacerlo, están sirviéndose de imágenes visuales para hablar.
Sin valerse de ningún truco relacionado con alguna propiedad del lenguaje, sirviéndose únicamente de los gestos y las acciones, ¿serían ustedes capaces de comunicar una frase tan sencilla como «Ayer hubo un atardecer muy bonito, rosa y verde»?
Claro que ustedes podrían objetar que una cámara de cine puede fotografiar una hermosa puesta de sol. Pero para ello es necesario invertir una gran cantidad de tecnología, y no estoy seguro que eso les informara que la puesta de sol fue así ayer (a menos que la película truque el calendario, que también es una forma de lenguaje).
O piensen en esto: las obras de Shakespeare fueron escritas para ser representadas. La imagen era parte esencial de ellas. Para apreciar todo su sabor, hay que ver a los actores y observar sus acciones. ¿Cuánto dejarían de entender si asisten a una representación de Hamlet y cierran los ojos, concentrándose únicamente en escuchar?
¿Cuánto dejarían de entender si se tapan los oídos y se concentran únicamente en mirar?
Una vez que he expuesto claramente mi creencia que un libro, formado por palabras y no por imágenes, no pierde demasiado por esta falta de imágenes y, por tanto, es más que razonable considerarlo como una variante tremendamente sofisticada de una cinta de video, voy a cambiar de terreno y a servirme de un argumento aún mejor.
Un libro no carece de imágenes en absoluto: tiene imágenes. Lo que es más, imágenes mucho mejores, al ser personales, que cualquiera de las que la televisión podría ofrecernos jamás.
¿Acaso no acuden imágenes a su mente cuando está leyendo un libro interesante? ¿Acaso no ven mentalmente todo lo que está ocurriendo?
Esas imágenes son suyas. Le pertenecen a usted y sólo a usted, y son infinitamente mejores para usted que aquellas que otros le presentan sin que se lo pida.
Una vez vi a Gene Kelly en Los tres mosqueteros (la única versión que he visto que se mantiene razonablemente fiel al libro). La pelea de espadachines entre D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, por un lado, y los cinco hombres de la guardia del cardenal, por el otro, que ocurre casi al principio de la película, era verdaderamente maravillosa.
Por supuesto, se trataba de un baile, y disfruté muchísimo con él... Pero Gene Kelly, por mucho talento de bailarín que tenga, no encaja en la imagen de D'Artagnan que yo tengo en la cabeza, y durante toda la película me sentí a disgusto porque violentaba «mi» visión de Los tres mosqueteros.
Esto no quiere decir que, en ocasiones, no resulte que un actor encaja exactamente con nuestra propia visión.
Resulta que para mí Sherlock Holmes es precisamente Basil Rathbone. Pero es posible que para usted Sherlock Holmes no sea Basil Rathbone; podría ser Dustin Hoffman. ¿Por qué tendrían todos nuestros millones de Sherlock Holmes que encajar en un único Basil Rathbone?
Ya ven, por tanto, por qué un programa de televisión, por maravilloso que sea, nunca podrá proporcionar tanto placer, ser tan absorbente y ocupar un lugar tan importante en la vida de la imaginación como un libro. Para ver el programa de televisión sólo tenemos que poner la mente en blanco y sentarnos apáticamente mientras nos dejamos invadir por el despliegue de imágenes y sonidos, sin que nuestra imaginación intervenga para nada. Si hay otras personas viéndolo, también se dejan llenar hasta arriba exactamente de la misma manera, todas ellas, y con exactamente las mismas imágenes sonoras.
En cambio, el libro exige la colaboración del lector.
Insiste en que tome parte en el proceso.
Al hacerlo, nos ofrece una interrelación de la que el lector dispone a su gusto según sus necesidades, que se ajusta exactamente a sus características y a su idiosincrasia.
Cuando leemos un libro, creamos nuestras propias imágenes, los sonidos de las diferentes voces, los gestos, las expresiones y emociones. Creamos todo excepto las mismas palabras. Y si la creación nos produce algún placer, el libro nos ha dado algo que el programa de televisión es incapaz de darnos.
Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino diez mil libros. No será obra exclusivamente de su autor, sino el producto de la interacción del autor con cada uno de los lectores por separado.
Por tanto, ¿qué es lo que podría sustituir al libro?
Admito que el libro puede sufrir alteraciones en algunos aspectos secundarios. Hubo una época en que se escribía a mano; ahora se imprime. La tecnología de la publicación de libros impresos ha progresado de mil maneras, y es posible que en el futuro los libros puedan visualizarse electrónicamente en la pantalla de televisión de nuestras casas.
Pero en último término, nos encontraremos a solas con la palabra impresa, y ¿qué podría sustituirla?
¿No estaré tomando mis deseos por realidades? ¿No será que como me gano la vida con los libros no quiero aceptar el hecho que los libros puedan ser reemplazados por otra cosa? ¿Me estaré limitando a inventar argumentos ingeniosos para consolarme?
Nada de eso. Estoy seguro que los libros no serán sustituidos en el futuro, porque no lo han sido en el pasado.
Desde luego, hay muchos más espectadores de televisión que lectores de libros, pero esto no es ninguna novedad. Los libros siempre han sido una actividad minoritaria. Había muy poca gente que leyera antes de la televisión y antes de la radio y antes de cualquier cosa que se les pueda ocurrir.
Como he dicho, los libros son absorbentes y exigen una cierta actividad creativa por parte del lector. No todo el mundo, en realidad muy pocas personas, están dispuestas a dar lo que éstos requieren, así que no leen ni leerán. No renuncian a ello porque el libro les decepcione de algún modo, sino por naturaleza.
La verdad es que me gustaría insistir en que leer es difícil, excesivamente difícil. No es como hablar, algo que hasta los niños que no tienen una inteligencia normal aprenden sin necesidad de un programa de enseñanza consciente. Basta con el impulso de imitación que se manifiesta a partir del primer año.
Por el contrario, leer requiere un cuidadoso aprendizaje que pocas veces tiene éxito.
El problema es que nos engañamos a nosotros mismos con nuestro concepto de lo que es saber leer y escribir. Casi todo el mundo puede aprender (si lo intenta con bastante interés y durante el tiempo suficiente) a leer las señales de tráfico y comprender las instrucciones y los avisos y carteles, y a descifrar los titulares de los periódicos. Siempre que el mensaje impreso sea corto y razonablemente sencillo y que la motivación para leerlo sea grande, casi todo el mundo sabe leer.
Y si esto es saber leer, entonces casi todos los norteamericanos saben leer. Pero si luego nos preguntamos por la razón por la que tan pocos norteamericanos leen libros (parece ser que el norteamericano medio que ha completado los estudios primarios no lee ni siquiera un libro al año), nos estamos engañando con nuestra interpretación de lo que es saber leer.
Pocas personas de las que saben leer, en el sentido de ser capaces de leer un cartel de PROHIBIDO FUMAR, llegan a familiarizarse con la palabra impresa y a realizar con facilidad el proceso de decodificar rápidamente las pequeñas y complicadas formas que representan sonidos modulados hasta el punto de estar dispuestos a emprender una lectura prolongada, como, por ejemplo, la de abrirse camino por un marasmo de mil palabras consecutivas.
No creo que esto se deba únicamente a un fallo de nuestro sistema educativo (aunque Dios sabe que es un fallo). No es de esperar que si, por ejemplo, se enseña a todos los niños a jugar al béisbol, todos ellos lleguen a ser jugadores de béisbol de primera clase, o que todos los niños que aprenden a tocar el piano se conviertan en pianistas de talento. En casi todos los campos del esfuerzo humano aceptamos la idea que es necesaria la existencia de un cierto talento que puede ser alentado y desarrollado, pero que no es posible crear de la nada.
Bueno, en mi opinión, la lectura también es un talento.
Se trata de una actividad muy difícil. Permítanme que les cuente cómo la descubrí.
De adolescente leía de vez en cuando revistas de historietas, y mi personaje preferido, si les interesa saberlo, era Scrooge McDuck . En aquella época las revistas de historietas costaban diez centavos, pero por supuesto yo las leía gratis porque las cogía del quiosco de mi padre.
Aunque siempre me asombraba que alguien pudiera ser tan tonto como para pagar diez centavos cuando bastaba con hojear la revista en el quiosco durante un par de minutos para leérsela entera.
Después ocurrió que un día iba a la Universidad de Columbia en el metro; estaba agarrado a mi correa en un vagón atestado de gente y no tenía nada a mano para leer.
Afortunadamente, la chica que iba sentada frente a mí estaba leyendo una revista de historietas. Era mejor que nada, así que me coloqué de manera que pudiera ver las páginas y leerlas al mismo tiempo que ella. (Afortunadamente, puedo leer al revés con tanta facilidad como al derecho.)
Pasaron algunos segundos y pensé: ¿por qué no le da la vuelta a la página?
Por fin, lo hizo. Tardaba varios minutos en acabar cada doble página, y mientras estaba observando sus ojos que iban de una viñeta a la siguiente y sus labios que murmuraban cuidadosamente cada palabra, tuve una súbita revelación.
Estaba haciendo lo que yo haría si estuviera descifrando palabras inglesas escritas en caracteres hebreos, griegos o cirílicos. Como no conozco estos alfabetos más que por encima, primero tendría que reconocer cada letra, recordar su sonido, luego unirlas y después reconocer la palabra.
Luego tendría que pasar a la siguiente palabra y hacer lo mismo. Después de haber descifrado varias palabras de este modo, tendría que volver atrás e intentar combinarlas.
Pueden apostar a que en esas circunstancias yo leería bien poco. La única razón que lea es que cuando miro una línea impresa inmediatamente veo las palabras ya formadas.
Y la diferencia entre el lector y el no-lector se va haciendo cada vez mayor con el paso de los años. Cuanto más lee un lector, más información va acumulando, más amplía su vocabulario y más se va familiarizando con las diversas alusiones literarias. Cada vez le resulta más fácil y más divertido leer, mientras que al no-lector cada vez le resulta más difícil y menos gratificante.
El resultado es que hay, y que siempre ha habido (sea cual sea el supuesto nivel cultural de una sociedad determinada) lectores y no-lectores; aquellos constituyen una pequeña minoría de, supongo, menos del uno por ciento.
He calculado que unos cuatrocientos mil norteamericanos han leído alguno de mis libros (de una población de doscientos millones), y yo soy considerado, y yo mismo me considero, un autor de éxito. Si se vendieran dos millones de ejemplares de un libro determinado en todas las ediciones estadounidenses, seria un notable éxito de ventas, y esto sólo significaría que un uno por ciento de la población de los Estados Unidos se habría animado a comprarlo.
Además, estoy seguro que al menos la mitad de los compradores no conseguirían hacer otra cosa que recorrerlo a trompicones para encontrar los pasajes subidos de tono.
Estas personas, estos no-lectores, estos receptores pasivos de entretenimiento, son terriblemente volubles. Pasan de una cosa a otra, buscando continuamente algún dispositivo que les dé el máximo posible y les exija el mínimo esfuerzo.
De los juglares a los actores de teatro, del teatro a las películas, de las películas mudas a las sonoras, del blanco y negro al color, del tocadiscos a la radio y de nuevo al tocadiscos, de las películas a la televisión y luego a la televisión en color y luego a las cintas de vídeo.
¿Qué importa?
Pero mientras tanto esa minoría de menos del uno por ciento se mantiene fiel a los libros. Sólo la palabra impresa puede exigirles tanto, sólo la palabra impresa puede obligarles a mostrarse creativos, sólo la palabra impresa puede adaptarse a sus deseos y necesidades, sólo la palabra impresa puede darles lo que no podría darles ninguna otra cosa.
Puede que el libro sea un invento antiguo, pero también es definitivo y nada convencerá a los lectores que lo abandonen. Se mantendrán como minoría, pero se mantendrán.
Así que, a pesar de lo que dijo mi amigo en su conferencia sobre las cintas de video, los autores de libros no se quedarán nunca pasados de moda ni serán sustituidos. Puede que escribir no sea una buena manera de hacerse rico (¡oh, bueno, y qué importa el dinero!), pero siempre existirá como profesión.

Nota
En ciertos aspectos, éste ha resultado ser el artículo que más éxito ha tenido. Se ha reeditado más a menudo que ningún otro, y hasta se han llegado a publicar frases escogidas en marcadores para libros, distribuidos gratis por las bibliotecas.
Por supuesto, hay quien ha dicho que al defender el libro obraba en interés propio, que estaba intentando fomentar el consumo de aquello mediante lo cual me gano modestamente la vida.
Si es así, estoy demostrando que soy terriblemente poco eficaz. Si lo único que me preocupara fuera hacerme rico, no intentaría hacerlo pregonando las excelencias de los libros en un sesudo artículo. Escribiría novelas llenas de sexo, violencia y perversión. Así me iría mucho mejor. O me iría a California a escribir guiones, jugar al tenis y bañarme en la piscina. Así también me iría mucho mejor.
El hecho que no haga esas cosas y que siga escribiendo mis artículos aquí, en Nueva York, puede ser una señal que efectivamente me gustan los libros por si mismos, y que me parece que tienen que ser leídos en beneficio del lector mucho más que en beneficio del autor.

Isaac Asimov

El principe feliz

Custodiando a la ciudad desde lo alto de una columna, se encontraba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba totalmente cubierta con finas hojas de oro puro, como ojos lucía dos zafiros brillantes, y un enorme rubí fuego centelleaba en la empuñadura de su espada.

Todos lo admiraban intensamente.

Es tan hermoso como una veleta aseguró uno de los concejales del pueblo, quien pretendía ganarse la reputación de ser gran admirador del arte—, aunque un poco inútil agregó por temor a que algunas personas pudieran considerarlo un hombre poco práctico, cosa que no era.

—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? preguntó una madre sensata a su hijo que lloraba por la luna—. A él nunca se le ocurriría llorar por nada.

Qué bueno que haya alguien realmente feliz en el mundo se quejó desencantado un hombre, mientras contemplaba la magnífica estatua.

Parece un ángel dijeron los niños del orfanato al salir de la catedral vestidos con sus túnicas escarlata y sus delantales blancos e impecables.

¿Cómo lo saben? respondió el profesor de matemáticas—. Nunca han visto uno.

¡Ah! Pero sí los hemos visto, en sueños.

El profesor de matemáticas frunció el seño, y su semblante se tornó severo, porque no aprobaba los sueños de los niños.

Una noche sobrevoló la ciudad una pequeña golondrina. Sus amigas habían iniciado viaje hacia Egipto seis semanas atrás, pero ella se había quedado atrás, porque se había enamorado del más hermoso junco. Lo había conocido al comenzar la primavera, cuando volaba río abajo persiguiendo una polilla rubia y carnosa. Tanto lo había atraído la figura esbelta del junco que había parado a hablar con él.

¿Puedo amarte? preguntó la golondrina, a quien le gustaba ir al punto. El junco le hizo una profunda reverencia. Ella voló una y otra vez en círculos alrededor, tocando el agua con sus alas y haciendo ondulaciones de plata. Aquel cortejo duró todo el verano.

Es una relación ridícula piaron las otras golondrinas—. No tiene nada de dinero y demasiados familiares.

Ciertamente, el río estaba repleto de juncos.

Cuando llegó el otoño, las golondrinas se marcharon. Tras su partida se sintió sola, y empezó a cansarse de su amado.

No tiene temas de conversación se dijo, y me temo que es vanidoso porque siempre está coqueteando con el viento.

En efecto, siempre que corría brisa, el junco le hacía graciosas reverencias.

Admito que es hogareña continuó—, pero yo amo viajar. A mi esposo, por consiguiente, también tiene que gustarle. ¿Vendrás conmigo? le preguntó al fin. Pero el junco negó con la cabeza, estaba muy apegado a su hogar.

Has estado jugando conmigo gritó ella. Me voy hacia las pirámides. ¡Adiós! y se fue.

Voló todo el día; por la noche arribó a la ciudad.

¿Dónde puedo alojarme? dijo—. Espero que la ciudad haya hecho los preparativos.

Entonces vio la estatua sobre la columna.

Me guareceré allí exclamó—, es una buena posición, con mucho aire fresco.

Y aterrizó justo entre los pies del Príncipe Feliz.

Tengo una habitación de oro susurró mirando a su alrededor, mientras se preparaba para ir a dormir. Pero justo cuando estaba a punto de acomodar su cabeza debajo de un ala, una gran gota de agua cayó sobre él.

¡Qué raro! se dijo; no hay una sola nube, las estrellas brillan claras, y sin embargo llueve. El clima en el norte de Europa es muy desagradable. Al junco le gustaba la lluvia, pero era sólo por egoísmo.

Entonces cayó otra gota.

¿Para qué sirve una estatua si no puede protegerme de la lluvia? se quejó—. Debo buscar una buena chimenea y se dispuso a volar.

Pero antes de abrir sus alas, cayó una tercera gota. Miró hacia arriba, y entonces lo vio... ¡Ah! ¿Qué estaba viendo?

Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y lágrimas corrían por sus mejillas doradas. Su cara se veía tan hermosa bajo la luz de la luna que la pequeña golondrina sintió mucha pena.

¿Quién eres? preguntó.

Soy el Príncipe Feliz.

¿Entonces por qué lloras? Me has empapado.

Cuando estaba vivo y tenía un corazón humano respondió la estatua, no conocía las lágrimas, puesto que vivía en el Palacio de Sans-Souci, donde al dolor no se le permite entrar. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín, y por la tarde lideraba el baile en el salón principal. El jardín estaba rodeado por un muro alto, pero nunca me interesó preguntar qué había atrás. Todo era tan perfecto. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y realmente lo era, si el placer es sinónimo de felicidad. Así viví y así morí. Ahora que estoy muerto me han puesto aquí, tan alto, que puedo ver toda la fealdad y miseria de la ciudad. Y aunque mi corazón está hecho de plomo no puedo dejar de llorar.

¿Cómo? ¿Pero no es de oro macizo? —se preguntó por lo bajo la golondrina. Era demasiado educada como para hacer semejante comentario en voz alta.

—Allá lejos— continuó la estatua en una suave voz musical—, allá lejos, en una callejuela, hay una casa humilde. Una de las ventanas está abierta, y puedo ver una mujer sentada a la mesa. Su cara consumida, sus manos rojas y ásperas, todas pinchadas por la aguja, porque es costurera. Está bordando pasionarias en un vestido de gasa que usara la más bella de las damas de honor de la Reina en el próximo baile de la corte. Sobre la cama, en una esquina de la habitación, su hijito yace enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no tiene nada para darle, más que agua del río, así que él llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, ¿no le llevarías el rubí de mi espada? Mis pies están sujetos a este pedestal y no me puedo mover.

—Me esperan en Egipto —respondió la golondrina—. Mis amigos están volando Nilo arriba y Nilo abajo, y hablando con las grandes flores de loto. Pronto se irán a dormir a la tumba del gran emperador. El emperador está allí mismo, dentro de su sarcófago pintado, envuelto en lino amarillo y embalsamado con especias. Lleva al cuello una cadena de jade verde claro, y sus manos son como hojas marchitas.

—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —rogó el príncipe—. Quédate esta noche conmigo y se mi mensajera. El niño tiene tanta sed, y la madre está tan triste.

—No estoy segura de que me gusten los niños —respondió la golondrina—. El verano pasado, siempre que estaba sobre el río, dos niños violentos, los hijos del molinero, me lanzaban piedras. Nunca lograron golpearme, desde luego; las golondrinas volamos demasiado bien como para que puedan hacerlo. Además, provengo de una familia famosa por su agilidad. Aún así, su comportamiento era una falta de respeto.

Pero el Príncipe Feliz se veía tan triste que la golondrina sintió lástima.

—Hace mucho frío aquí —dijo finalmente—, pero me quedaré contigo por esta noche, y te serviré de mensajera.

—¡Gracias, pequeña golondrina!

Entonces la golondrina tomó el gran rubí rojo de la empuñadura de la espada del Príncipe, y se fue volando sobre los techos del pueblo con la piedra en el pico.

Voló sobre la torre de la catedral, donde había esculpidos maravillosos ángeles blancos. Voló sobre el palacio y escuchó el sonido de la música de baile. Una joven muy bella salió al balcón con su amado.

—¡Qué hermosas son las estrellas —le dijo él—, y qué hermoso es el poder del amor!

—Espero que mi vestido esté listo a tiempo para el baile. Le mandé a bordar pasionarias, pero las bordadoras son tan haraganas.

Voló sobre el río, y vio los faroles colgando del mástil de los barcos. Voló sobre el Ghetto, y vio a los viejos judíos regateando y pesando monedas en balanzas de cobre. Llegó a la casa humilde y miró por la ventana. El niño tosía afiebrado en la cama, su madre se había quedado dormida, estaba tan cansada.

Saltó dentro de la habitación y dejó el rubí sobre la mesa, junto al dedal de la mujer. Luego voló con suavidad alrededor de la cama, rozando la frente del niño con sus alas.

—Me siento fresco —dijo el niño—. Debo estar curándome.

Y se sumió en un sueño delicioso.

Entonces, la golondrina voló de regreso junto al Príncipe Feliz, y le contó lo que había hecho.

—Es curioso —explicó—, pero siento calor ahora, aun cuando hace frío.

—Eso es porque has hecho una buena acción —respondió el Príncipe.

La pequeña golondrina se quedó pensando hasta dormirse. Pensar siempre le daba sueño.

Cuando salió el sol, voló hacia el río y se baño.

—Qué fenómeno notable —dijo el Profesor de Ornitología cuando cruzaba el puente—. ¡Una golondrina en invierno!

Y escribió una carta extensa acerca de su observación al periódico local. Todos hablaban de aquella carta: estaba tan llena de palabras que no podían entender.

—Esta noche me voy a Egipto —dijo la golondrina, entusiasmada con su partida. Visitó todos los monumentos públicos y se sentó largo rato en lo alto del campanario de la iglesia. Dondequiera que fuera, los gorriones piaban y hablaban de ella.

—¡Qué personaje distinguido! —se decían unas a otras. La golondrina disfrutaba aquel momento. Cuando apareció la luna, regresó junto al Príncipe Feliz.

—¿Tiene alguna orden para que cumpla en Egipto? —preguntó—. Recién empiezo.

—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —respondió el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

—Me esperan en Egipto —explicó ella—. Mañana mis amigas seguirán camino hasta la Segunda Catarata. Allí se oculta el hipopótamo entre los juncos, y el dios Memnon está sentado sobre un majestuoso trono de granito. Observa las estrellas durante la noche y cuando la estrella de la mañana brilla, lanza un grito de alegría y luego se queda en silencio. Por las tardes los leones dorados se acercan a la orilla a beber agua. Sus ojos son como esmeraldas verdes, y sus rugidos son más fuertes que los de las cataratas.

—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —rogó el Príncipe—, a lo lejos, del otro lado de la ciudad, veo un hombre joven en una buhardilla. Está reclinado sobre un escritorio repleto de papeles y, en un cuenco junto a él, hay un ramo de violetas marchitas. Tiene pelo castaño y enrulado, sus labios son rojos como granada y tiene ojos grandes y soñadores. Está intentando terminar una obra para el Director del Teatro, pero tiene demasiado frío para seguir escribiendo. No hay fuego en su hoguera, y se ha desmayado del hambre.

—Me quedaré contigo una noche más —dijo la golondrina, que tenía un gran corazón—. ¿Le llevo otro rubí?

—¡Ah! Ya no tengo rubíes —respondió el Príncipe—. Mis ojos son todo lo que me queda. Están hechos de zafiros únicos. Los trajeron de la India hace mil años. Arranca uno y llévaselo. Se lo venderá al joyero para comprar comida y leña. Así podrá terminar su obra.

—Querido Príncipe —lloró la golondrina—, no puedo hacer eso.

—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina. ¡Has como te ordeno!

Entonces la golondrina tomó el ojo del príncipe y se fue volando hacia la buhardilla del estudiante. Era bastante fácil entrar ya que había un agujero en el techo. Por él se escabulló dentro del cuarto. El joven tenía la cara enterrada en sus manos, por lo que no escuchó el sonido de las alas del ave. Cuando levantó la vista, encontró el magnífico zafiro sobre las violetas marchitas.

—Comienzo a ser reconocido —exclamó—. Esto debe ser regalo de algún admirador. Ahora podré terminar mi obra —y estaba feliz.

Al día siguiente, la golondrina voló hacia el puerto. Se posó sobre el mástil de una gran embarcación y observó a los marineros que subían cajones enormes de la bodega con cuerdas.

—¡Tiren! —gritaban cada vez que subían un cajón.

—¡Me voy a Egipto! —gritó la golondrina, aunque a nadie le importó.

Cuando salió la luna, regresó junto al Príncipe Feliz.

—Vengo a despedirme —le dijo.

—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —respondió el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

—Es invierno —explicó ella— y pronto empezará a nevar. En Egipto el sol calienta las palmeras verdes. Los cocodrilos yacen en el barro y miran perezosos a su alrededor. Mis compañeras están armando sus nidos en el templo de Baalbec. Las tórtolas rosadas y blancas las observan y se arrullan. Querido Príncipe, debo dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré dos hermosas joyas para reemplazar las que regalaste. El rubí será de un rojo más intenso que el de una rosa, y el zafiro será tan azul como el océano.

—Allá abajo, en la plaza —dijo el Príncipe— hay una pequeña vendedora de fósforos. Se le cayeron por al arroyo y se le estropearon. Su padre la golpeará si no lleva dinero a su casa. No tiene zapatos, ni medias, ni nada con que cubrir su cabecita. Toma mi otro ojo y dáselo para que su padre no la golpee.

—Me quedaré contigo una noche más —concedió la golondrina—, pero no puedo sacarte el ojo. Te quedarías ciego.

—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina. Has lo que te digo —ordenó el Príncipe.

Entones arrancó el otro ojo del Príncipe y se marchó con él. Se lanzó en picada hacia la niña y dejó caer la joya sobre la palma de su mano.

—¡Qué trozo de cristal tan hermoso! —gritó. Y corrió riendo a casa.

La golondrina volvió junto al Príncipe.

—Ahora eres ciego —le dijo—, así que me quedaré contigo para siempre.

—No, pequeña golondrina —respondió el pobre Príncipe—. Debes irte a Egipto.

—Me quedaré contigo —insistió ella, y durmió a los pies del Príncipe.

Al día siguiente, se sentó sobre el hombro del Príncipe y le contó historias acerca de las tierras lejanas que había visitado. Le habló de los ibis colorados, que se paran en filas largas sobre los bancos del Nilo para atrapar peces con el pico. Le habló de la esfinge que es tan antigua como el mundo, que vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes, que caminan al paso de sus camellos, llevando en las manos infinidad de cuentas de ámbar. Le habló del Rey de Las Montañas de la Luna, negro como el ébano y adorador de un enorme cristal. Le habló de la gran serpiente verde, que duerme en una palmera y que es alimentada con tortas dulces por veinte monjes; de los pigmeos que navegan sobre enormes hojas planas y que están siempre en guerra con las mariposas.

—Querida golondrina —acotó el Príncipe—, me hablas de cosas maravillosas, pero no hay nada más increíble que el sufrimiento del hombre. No hay Misterio más grande que la Miseria. Vuela sobre mi ciudad y dime lo que ves.

La golondrina voló sobre la ciudad. Vio a los ricos festejando en sus casas lujosas mientras mendigos se sentaban en sus puertas. Voló por callejuelas oscuras y vio las caras blancas de niños hambrientos mirando hacia las calles negras. Debajo de un puente, dos niños dormían abrazados para mantenerse calientes.

—¡Qué hambre tenemos! —exclamaban.

—No pueden quedarse aquí —gritó el guardia.

Y se adentraron en la lluvia.

Voló de regreso y contó al Príncipe lo que había visto.

—Estoy cubierto de oro valioso —dijo él—. Debes sacarlo, lámina por lámina, y darlo a mis pobres; los vivos creen que el oro puede hacerlos felices.

La golondrina arrancó lámina por lámina, hasta que el Príncipe Feliz se volvió opaco y gris, y las repartió todas entre los pobres. Las caras de los niños tomaron color, los pequeños rieron y jugaron en las calles.

—¡Ahora tenemos para comer! —gritaban.

Llegó la nieve, y luego la helada. Las calles parecían de plata, eran tan brillantes y relucientes. Largas estalagmitas colgaban como dagas de cristal de los aleros de las casas. Todos salían envueltos en pieles, y los niños llevaban gorros escarlata y patinaban sobre el hielo.

La pobre golondrina sentía cada vez más frío, pero no podía abandonar al Príncipe: lo quería demasiado. Juntaba migas de la puerta de la panadería, cuando el panadero no la veía, y trataba de mantener el calor agitando sus alas.

Pero supo que moriría. Sólo le quedaban fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe.

—Adiós, querido Príncipe —murmuró—. ¿Puedo besarte la mano?

—Me alegra que al fin te vayas a Egipto, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, te has quedado demasiado tiempo. Pero debes besarme en los labios, porque te amo.

—No es a Egipto que me voy —respondió la golondrina—. Me voy al Hogar de la Muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?

Besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies.

En ese preciso momento se oyó un crujido extraño proveniente del interior de la estatua, como si algo se hubiera roto. En efecto, el corazón de plomo se había quebrado en dos. Aquella era, sin duda, una helada muy fuerte.

Temprano por la mañana, el Alcalde caminaba por la plaza en compañía de los concejales del pueblo. Cuando llegaron a la columna miró la estatua.

—¡Por Dios! ¡Qué abandonado está el Príncipe Feliz! —dijo.

—¡Qué abandonado, realmente! —asintió el consejero, que estaba siempre de acuerdo con lo que dijera el Alcalde

Subieron para observarlo.

—El rubí se ha caído de la espada, no tiene ojos y ya no es de oro —continuó el Alcalde. Parece casi un pordiosero.

—Casi un pordiosero —repitieron los concejales.

—¡Y hay un pájaro muerto a sus pies! Debemos redactar una ley que prohíba a los pájaros morir aquí —y el secretario tomó nota de la sugerencia.

Así que bajaron la estatua del Príncipe Feliz.

—Como ya no es bella, no sirve —declaró el Profesor de Arte de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el Alcalde convocó una reunión para decidir qué hacer con el metal.

—Debemos tener otra estatua, desde luego —dijo—. Y será una estatua mía.

—¡Mía! —replicó cada uno de los concejales del pueblo, y se pelearon. La última vez que oí de ellos, todavía seguían peleando.

—¡Qué cosa rara! —exclamó el Capataz de la fundición—. Este corazón partido no se derrite en los hornos. Vamos a tener que tirarlo.

Y lo tiraron en un basural, donde habían tirado también el cuerpo de la golondrina.

—Tráeme las dos cosas más valiosas del pueblo —pidió Dios a uno de sus ángeles.

El ángel llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

—Has elegido bien —dijo Dios— porque, en mi Jardín del Paraíso, cantará por siempre este pequeño pájaro y, en mi Ciudad de Oro, el Príncipe Feliz pronunciará mis alabanzas.


Autor: Oscar Wilde

Fernando y las cosas que deberias llevar a un asado.

Organizando un asado con amigos, el señor @fer200003 nos dejo estas bonitas instrucciones que paso a transcribirles:




Faltando una semana para el gran evento es oportuno destacar los materiales y herramientas necesarias para el buen desarrollo de un asado en parque sarmiento. En consecuencia paso a detallar los mismos:

ELEMENTOS COMUNES A LA CAUSA
-PARRILLA PORTÁTIL
-CUCHILLO DE CARNICERO ASESINO O CON CARACTERÍSTICAS SIMILARES(preferentemente limpio)
-UN DETERGENTE
-DIARIO(del día o no, no importa)
-LA COSA PARA CLAVAR LOS CHORIZOS(una cajeta no, sino el elemento que sirve para acomodarlos juntitos en la parrilla)OPCIONAL
-MAZO DE CARTAS
-UNA PELOTA (FÚTBOL O SIMILAR)

ELEMENTOS INDIVIDUALES:
-TABLITA O PLATO(EL QUE LLEVA PLATO ES MARICÓN)
-CUCHILLO Y TENEDOR
-REPASADOR (TRAPO REJILLA TAMBIÉN ES VALIDO)
-VASO(SI ES METÁLICO MEJOR PORQUE NO FALTA EL BOLUDO QUE HACE MIERDA EL VASO ARRUINANDO LA JORNADA CON UN TROZO DE VIDRIO EN ALGUNA ARTERIA)
-PRESERVATIVOS(SIN USO, O DEBIDAMENTE HIGIENIZADOS)
-TROLAS(DEBIDAMENTE HIGIENIZADAS)
-BOLSITA DE NYLON PARA CARGAR LA COMIDA PARA EL DUKE
-DROGA(DADO QUE NO TODOS CUENTAN CON LAS MISMAS POSIBILIDADES EL QUE LLEVA DEBERÁ HACERLO PARA EL RESTO DE SUS COMPAÑERITOS)

IMPORTANTE: NO SE OLVIDEN DE LLEVAR LOS $50 Y AUTORIZACIÓN FIRMADA POR PADRE/MADRE/TUTOR LEGAL. TODOS AQUELLOS QUE AL DÍA SÁBADO NO HAYAN ENTREGADO APTO FÍSICO NO PODRÁN REALIZAR DEPORTES.

No juzgues a las personas

Era el inicio del año escolar, dentro del salón de clases se encontraba la maestra al frente de sus alumnos de 5to Grado. En la fila de adelante hundido en su asiento estaba un niño de nombre Pedro a quien la maestra conocía desde el año anterior.
Sabía que no jugaba bien con los otros niños, que su ropa estaba desaliñada y que frecuentemente necesitaba un baño. Con el paso del tiempo la relación entre ellos se volvió incómoda, al grado que ella sentía gusto al marcar sus tareas con grandes taches en color rojo.
Un día al revisar los expedientes de sus alumnos se llevo una gran sorpresa al descubrir los comentarios de los anteriores profesores de Pedro. “Es un niño brillante con una sonrisa espontánea, hace sus deberes limpiamente y tiene buenos modales; es un deleite tenerlo cerca". "Pedro es un excelente alumno, apreciado por sus compañeros pero tiene problemas, su madre tiene una enfermedad incurable y su vida en casa debe ser una constante lucha". Otro maestro escribió: "La muerte de su madre ha sido dura para él, trata de hacer su máximo esfuerzo, pero su padre no muestra mucho interés”.Y por último: “Pedro es descuidado, no tiene amigos y en ocasiones se duerme en clase".
La maestra se dio cuenta del problema y se sintió apenada, más aún cuando al llegar Navidad, todos los alumnos le llevaron regalos envueltos en papeles brillantes y hermosos listones, excepto el de Pedro que estaba torpemente envuelto en papel de una bolsa del súper.Algunos niños rieron; la maestra encontró un viejo brazalete de piedras y la cuarta parte de un frasco de perfume, minimizando la risa de los niños al exclamar ¡Que brazalete tan bonito, Pedro! poniéndoselo y rociando un poco de perfume en la muñeca.
Pedro se acercó y le dijo: “Maestra, hoy usted huele como mi mamá".Ella lo abrazó y lloró.
A medida que trabajaban juntos, la maestra percibió que a Pedro, mientras más lo motivaba, mejor respondía, al final del año era uno de los niños más listos de la clase, volviéndose su consentido. Ambos se adoraban.
Un año después, encontró una nota de Pedro que decía “Usted es la mejor maestra que he tenido en toda mi vida”. Cuatro años después, recibió otra carta, diciéndole que pronto se graduaría de la Universidad con los máximos honores. Y le aseguro que era la mejor maestra que había tenido en su vida. Pasaron otros cuatro años y llego otra carta, esta vez le explicó que después de haber recibido su título universitario, él decidió estudiar más y que ella era la mejor. Solo que ahora su nombre era mas largo y la carta estaba firmada por el Cardiólogo Pedro Alonso.
El tiempo siguió su marcha y en una carta posterior, Pedro le decía que había conocido a una chica y que se iba a casar. Explicó que su padre había muerto hacia dos años y él preguntaba si ella accedería a sentarse en el lugar que normalmente esta reservado para la mamá del novio.Por supuesto, la maestra aceptó.
El día de la boda lució aquel brazalete con varias piedras faltantes y se aseguró de usar el mismo perfume, con el que Pedro recordaba el calor de su mamá. Se abrazaron y él susurró al oído de su maestra preferida, "Gracias, gracias por creer en mí. ¡Muchas gracias! por hacerme sentir importante y por enseñarme que yo podía hacer la diferencia". ¡Gracias maestra.

El regalo que no se ve.

Hace tiempo, un hombre castigó a su hija de tres años por desperdiciar un rollo de papel dorado para envolver regalos. El dinero venía escaso en esos días, por eso explotó de furia cuando vio a la pequeña tratando de envolver una caja.

A la mañana siguiente, la niña regaló a su padre la cajita envuelta y le dijo: "Esto es para ti, papi". Él se sintió avergonzado, pero cuando abrió el paquete y lo encontró vacío, gritó con ira: "¿Acaso no sabes que cuando se hace un regalo se supone que debe haber algo dentro?".

La pequeña miró hacia arriba y, con lágrimas en los ojos, dijo: "¡Pero, papá, no está vacía!. ¡Yo metí besos para ti!".

El padre se sitió muy mal, abrazó a su hija y le suplicó que le perdonara.

Dicen que el hombre guardó ese regalo dorado cerca de su cama durante muchos años, y que siempre que se derrumbaba, tomaba de ella un beso y recordaba el amor que su hija había depositado dentro.